jueves, 2 de febrero de 2023

La puerta de Cortázar 

Montevideo (Seix Barral, 2022) 
La nueva novela de Enrique Vila-Matas

“El último día de diciembre me trasplantaron un riñón. Mi mujer, Paula, me lo ha dado”, dijo Enrique Vila-Matas a Noelia Ramírez. La periodista quedó tan impresionada que imaginó al riñón sentado a un lado suyo, como un fotograma de David Cronenberg. Quizás, por esto imprime un efecto dramático a la entrevista en algo que ella llama “clave vilamatiana”: “En tus manos está tu destino, la llave de la puerta nueva”, que fuera de contexto tiene un cierto aire a jerga de mutantes de Dale Carnegie. V-M «por simpatía, se resigna». Y apenas puede, la guía al origen de la novela, Montevideo (Seix Barral, 2022), al misterio que indicara Vlady Kociancich, sobre «La puerta condenada» de Julio Cortázar y «Un viaje o El mago inmortal» de Bioy Casares, cuentos escritos en paralelo, que coinciden en el vapor de la carrera, en el montevideano Hotel Cervantes y en ciertas tramas. V-M revisa esta rara casualidad y “La puerta condenada” lo anima.

El personaje de este relato, Petrone, se aloja en la 205 del Hotel Cervantes, casi una buhardilla con una puerta cerrada que da a la habitación contigua donde llora un niño que no existe. El narrador de V-M viaja a indagar y duerme en esta misma habitación. Extrañamente oye el llanto del niño inexistente que sigue allí desconsolado, en medio de arañas monstruosas.

Beatriz Sarlo dice que en esa puerta comienza la ficción. No me cuesta nada creer que V-M llegara a ese hotel llevando consigo un detector-radar de ficciones. ¿Por qué este afán de dar con esa puerta?

Escribe V-M que, Juan Eduardo Cirlot, en su Diccionario de símbolos, cuenta que en la antigua Escandinavia los exiliados lanzaban las puertas de sus casas y navegaban tras ellas hasta que encallaban: ese arribo era su destino. Creo que este es el motor de Montevideo. El autor es, de alguna manera, un exiliado que navega tras la puerta de su casa, porque su “casa para siemprees la ficción.

Ciertamente, la habitación 205 es real y en nada se parece a la de Cortázar. Al cotejar el texto con esta nueva 205, tan aséptica, en el sitio de la puerta «donde irrumpe la ficción», hay un simple interruptor. La encargada dice: “Esta puerta hoy no existe. Tampoco tengo conocimiento si algún día existió o si fue solo fruto de la imaginación de Cortázar. Lo que sí puedo decir es que en el plano original de 1927 no está dibujada. ¿Pero quién sabe?”, se pregunta Lucile Gutiérrez, gerente del Cervantes.

En 2009 me vi con V-M en la ciudad andina de Mérida. Él llegó a recibir un doctorado honoris causa y yo a darle las gracias por un “posprólogo” que escribió para uno de mis relatos (El príncipe negro). Al rato de nuestra conversación, le di mi ejemplar de Doctor Pasavento para la firma, y se quedó mirando la fotografía de la tapa con extrañeza. Dice que pasó un día entero en los Jardines de Luxemburgo tratando de ubicar el lugar donde se hizo esa antigua gráfica del poeta Emmanuel Bove y su hija. Imaginó que allí habría una puerta invisible. De repente, distrae nuestra plática un hombre que sale del hotel. V-M dice con asombro: ¡es Horacio Elizondo, el que expulsó a Zidane por el cabezazo a Materazzi! Y corrió a espiar al árbitro argentino como si este pudiera guiarlo a una puerta secreta en alguna calle oscura y fría de Mérida.

La obra de V-M es la búsqueda de esa puerta donde comienza la ficción, un umbral tan escurridizo que casi nunca se deja ver. Aristóteles describió el pensamiento como una puerta que conduce a la libertad. Para Agamben, esa puerta es lo que separa a los vivos de los muertos. Como sea, la realidad sin ella es insoportable.

Norberto José Olivar, Buenos Aires, enero, 2023

 

 

 

 

 

 

jueves, 23 de diciembre de 2021

 


Pasión por el caos

 Norberto José Olivar








Puede que Chile, como dice Cristián Warnken, sea capaz de improvisar en momentos difíciles, y que ese talento de crear soluciones de emergencia explique que sea tierra de poetas. Quizás tenga razón, pero no quedo convencido, algo me salta por dentro. No conforme Warnken, añade que la precariedad y los límites impuestos por la naturaleza a los chilenos, sirven también para entender que sean amantes del orden. Entonces cita a mi compatriota Andrés Bello cuando afirma que en ese país existe una pasión natural por el orden, una especie de mandala que regula la condición del ser chileno y que arrastra hacia la poesía. Bien podría ser esto lo que quiso decir Warnken y yo no entendí del todo, pero ni así deja de inquietarme.

Sigue Warnken con Diego Portales y su enigmática afirmación chilena: “El orden social se mantiene por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública”. El peso de la noche de Portales me recuerda la noche unánime de Borges. Me pregunto si no habrá una especie de conexión cósmica entre ambas noches. Pero bueno, el caso es que Cristián Warnken concluye que la izquierda chilena no ha entendido esta condición nocturna de sus propios ciudadanos, y para muestra sobra la tragedia de Salvador Allende. Tragedia orquestada por el celo de los guardianes de la noche, pues la noche también toca los extremos porque, en opinión del ensayista venezolano, Miguel Ángel Campos, “el orden chileno es una imposición que la sociedad asume con desdén y sin aceptar, aunque le haya sido útil. Es de naturaleza intelectual en su origen, pero la chilenidad está lejos de ser una condición ilustrada,  tampoco cívica”.

Luego pienso en Venezuela, sin duda, país de sólidos poetas. Desde el propio Andrés Bello (1781-1865), Eugenio Montejo (1938-2008), Rafael Cadenas (1930) y Yolanda Pantin (1954). Y sin embargo, la pasión por el caos es un asunto genético. Podríamos periodizar, empezando por La Cosiata, en 1830, para divorciarse de Bolívar y su imperial Colombia, pasando por la lucha intestina de gamonales ridículos e ignorantes que consumió más de un siglo, 128 años, contados hasta 1958, y retomados con remasterizada ridiculez e ignorancia desde el inicio de la revolución chavista y todo su legado de caos y sangre, que algunos catalogan de genocidio.

¿Cómo podemos tener poetas como Bello, Cadenas, Montejo o Pantin siendo como somos? Es un enigma, quizás se deba a nuestra incapacidad para narrarnos, para vernos en un espejo. Hemos pasado mucho tiempo en el festín de Baltazar. Borrachos, drogados, oliendo “mene” a nuestras anchas, sin saber quiénes somos y sin importarnos la inevitable catástrofe.

La poesía despertó antes de que se hiciera patente esta nueva Era de caos y barbarie que vivimos ahora los venezolanos. En otras palabras, Venezuela huye de la noche como el monstruo de Bram Stoker de la luz del día.

Y acabo estas líneas con la voz del poeta Vicente Gerbasi, a quien conocí en mis días de mozo y cuyos versos reverberan en mi recuerdo: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”. Sin duda, una noche muy distinta, sin peso y nada unánime.

Diciembre, 2021

 

jueves, 29 de julio de 2021

 

De cómo Norberto José Olivar invitó a comer en París al general Urdaneta




Lo bueno de la historia oficial es que deja mucho espacio para introducir la imaginación. Se ocupa de muy pocas cosas y de manera siempre superficial, artificiosa. También es frecuente que cuente cosas tan inverosímiles que es fácil reemplazarlas con la realidad para plantear una alternativa. Por eso la historia oficial es una fuente de grandes oportunidades para los buenos narradores.

Norberto José Olivar no iba a desaprovechar la que le ofrecía la historia oficial de Rafael Urdaneta. Autor de Un vampiro en Maracaibo (adaptada al cine por Carl Zitelman), Cadáver exquisito, El hombre de la Atlántida, Un cuento de piratas, El hombre de los seis espíritus, El polvo de los muertos y El príncipe negro, este escritor zuliano ha sabido aprovechar su formación como historiador para pelearse con el sanedrín patriótico de su región y para darnos diversión a sus lectores. Ahora, en El oscuro señor V, el prócer zuliano ya no puede caminar ni ver, pero sí recordar y tratar de ordenar sus asuntos, lejos tanto en el espacio como en el tiempo del mundo en el que ejecutó sus hazañas.

Es 1845 y en París el general Rafael Urdaneta espera la muerte, junto con su esposa Dolores, su asistente venezolano y un par de visitantes ilustres: nada menos que los sabios Simón Rodríguez y Rafael María Baralt. Urdaneta y su esposa miran atrás y cuentan sus historias a quienes los rodean. Detrás de Baralt, quien narra todo el encuentro, se esconde el propio Olivar, quien se identifica con el intelectual zuliano que escribió su resumen de la historia de Venezuela pero prefirió hacer carrera en Europa.

No es la primera vez que se usa este dispositivo de la agonía del caudillo en la literatura latinoamericana; El general en su laberinto y La muerte de Artemio Cruz son solo dos entre muchos ejemplos. Olivar acude a él desde su ya consolidado estilo de novelas breves e ingeniosas, y porque es ideal para sus propósitos: desnudar la crueldad de la guerra y de los extremos a los que había que llegar para sobrevivir, de la corrupción moral del bando patriota a partir del decreto de guerra a muerte, y en particular de la vida de Urdaneta, un hombre que tuvo que matar mucho pero que no era un sanguinario y lamentaba tantas muertes; un ludópata; y algo aún peor para el relato patriótico: un nómada que no se sentía ni colombiano ni venezolano.

Olivar no solo se sale del dogma de la religión bolivariana o del peso del regionalismo, sino que se divierte con la época.

Valiéndose de que su historia transcurre en París, mete al conde de Chateaubriand, a los duelistas de Conrad y de Ridley Scott, a las furias de la tragedia griega. Y se lleva al general a hacer su última comida en un bistro pegado a la basílica de Notre-Dame, donde Urdaneta dice que preparan el pollo como en Maracaibo.

Una historia paralela

Desde allá —Maracaibo, no París—, Norberto José Olivar cuenta que los hechos son lo que son, pero el contexto está hecho de ficción: “La novela comienza con ese pacto ficcional, pero su credibilidad depende, en mi criterio, de no alterar los hechos entendidos como históricos que los lectores manejan, más o menos, porque son parte de nuestros manuales de historia de Venezuela. Cuando se produce esta contextualización, el lector camina muy tranquilo por la delgada línea de fuego entre ‘verdad’ y ‘ficción’. Por esto, al comenzar a escribir la novela, me propuse no usar documentos ni fuentes de difícil acceso. Simplemente recurrí a los textos escolares y a crónicas locales —bastante superficiales, por cierto— que dan cuenta de algunos de estos episodios”. 

La ficción le permitía atar cabos sueltos. Pero lo que Olivar quería no era completar una crónica histórica, sino reunir mediante la ficción las ideas que no suelen estar en la historia oficial, donde los héroes son impecables y encarnan las virtudes que la élite de un momento específico quiere vender a la nación.  

“La historia del Zulia se ha escrito, lamentablemente, tratando de construir una narrativa paralela a los episodios considerados nacionales”, dice Olivar, quien es también profesor de Historia en universidades públicas y privadas de Maracaibo. “Por ejemplo, hace unos años, una investigadora concluyó que Maracaibo contaba con una Generación del 28 similar a la que encontramos en la historiografía nacional, o central, como quieran llamarla, y esto es absolutamente falso, el Zulia nunca tuvo una generación de ese perfil e importancia. En lugar de estudiar un desarrollo social y político diferenciado y sus reales causas, se han dado a la tarea de buscar equivalentes, iguales o superiores a lo que pasó en Caracas o el resto de Venezuela. Y mejor si es esto último, para el orgullo y la identidad local”.

El vínculo con un individuo como vínculo con un país

Según el escritor, la figura de Rafael Urdaneta es el clásico ejemplo de esta tradición histórica de su región. Urdaneta perdió su conexión natal con Maracaibo. Se hizo de una nueva vida en Santafé de Bogotá al casarse con una colombiana como Dolores Vargas París. Fue la guerra la que lo hizo volver a su ciudad y para los intereses del Libertador. “Mediante su cercanía con Bolívar, Urdaneta ha servido para conectar al Zulia al curso de la historia venezolana, cuando lo cierto fue la indiferencia del Zulia ante la idea de formar parte de esa perspectiva nacional. Un aspecto interesante de esto es el comportamiento de la región durante los golpes de estado. Recuerdo una conversación de mi padre con el coronel Hugo Trejo en nuestra casa de Maracaibo. Mi padre le preguntó a quiénes había contactado, en el Zulia, para el movimiento militar del 1 de enero contra Marcos Pérez Jiménez. Trejo le dijo que a nadie: ‘No hacía falta, el Zulia se sumaría apaciblemente una vez que terminara todo’. Es decir, para Trejo el Zulia no tenía un peso específico en la realidad nacional. ¿Exageración? No lo creo. El 4 de febrero de 1992 el teniente coronel Francisco Arias Cárdenas alcanzó todos los objetivos militares y políticos de la asonada en el Zulia, pero esto no sirvió para evitar que fallara el golpe bolivariano”.

Hoy tenemos a un chavismo siempre dispuesto a acusar de traidor a la patria a quien no participe de la religión bolivariana y militarista de la que Chávez se empeñó en ser sumo sacerdote, hasta el punto de abrir la tumba de Bolívar. Pero esto comenzó hace mucho tiempo.

En el Zulia la manipulación de la figura de Urdaneta ayudó a abonar a la mentalidad militarista. No sin resistencia.

Cuenta Norberto José Olivar: “En el Bicentenario del natalicio de Urdaneta, en 1988, los historiadores y cronistas locales se prestaron a la comparsa del caudillo local. En cambio, cien años antes, en 1888, durante la celebración de su centenario, una parte de la sociedad civil nos dio una lección interesante de la que nadie habla. Mientras los maracaiberos repetían letanías a Urdaneta, un grupo de intelectuales, empresarios y comerciantes decidió con coraje pero también con discreción y visión de futuro, casi un mensaje en una botella, celebrar en mismos días la figura de un civil, el intelectual más importante hasta ese momento en la región, el historiador Rafael María Baralt. Instalaron su estatua frente al Convento, en medio de la calle que servía de entrada desde el lago a la ciudad, en una especie de bienvenida a los visitantes y de representación de lo que queremos ser. Es la mejor estatua que se haya puesto jamás en el Zulia y sigue en su sitio, convertida en un ícono de identidad de Maracaibo. El oscuro señor V es, también, un homenaje a Rafael María Baralt. Urdaneta no solo le dio su primer trabajo a Baralt sino que, además, se reencontraron en el centenario de 1888. Y por gracia de la ficción, vuelven a verse las caras en mi novela de 2021. Son destinos ligados más allá de la historia”.

Publicado originalmente en: https://www.cinco8.com/perspectivas/de-como-norberto-jose-olivar-invito-a-comer-en-paris-al-general-urdaneta/

sábado, 17 de julio de 2021

 

El método Krispin contra la destrucción espiritual. Sobre “Ve a comprar cigarrillos y desaparece”

por Norberto José Olivar

Robert Capa: “Bilbao, mayo 1937”

 

Un amigo se ha echado al vuelo desde un noveno piso y la noticia me aplasta y quedo enfermo. Apenas unos días antes había escuchado a mi sobrina Rosa Inés relatar, en voz baja, que un compañero suyo hizo lo mismo desde un piso más alto. Y hará cosa de un par de meses, el hijo de un gran amigo tomó una decisión semejante. Estos espantos me acosan mientras hago una relectura de Ve a comprar cigarrillos y desaparece (Hipermedia, 2020), de Karl Krispin. Quizás por estas circunstancias la novela se me hace lúgubre y lo que aparenta ser una historia de desamor me ha dejado en la cabeza, como núcleo maligno, la gráfica de Robert Capa donde una niña y su posible madre, que apenas atisban el terror que se les viene encima, parecen perplejas y no acaban de decidir si correr o quedarse a mirar la muerte anunciada en las alturas. La fotografía es de mayo de 1937 durante una alarma de bombardeo en Bilbao. No podemos imaginar lo que sintieron en ese momento pero procuramos sentirlo, quizás ese sea su enigmático atractivo y lo que a su vez la hace imperecedera, como si la muerte del otro anunciara la propia.

 Por lo mismo me viene a la mente Stefan Zweig –uno de los héroes literarios de Krispin– que ha concluido, con palabras exactas, lo que intenta ser el trasunto de esta novela: «Es mil veces más fácil reconstruir los hechos de una época que su atmósfera espiritual. Esta no se refleja en los grandes acontecimientos sino, más bien, en pequeños episodios personales». Es en esta idea en la que Krispin se dio a la tarea de observar sus íntimos miedos y de contarnos lo que vio. Es una mirada desde el sótano de su alma, tan parecida a la nuestra que uno puede imaginarse en sus zapatos y pensar en uno mismo a través del autor y su personaje. ¿No es esta una de las maravillas espeluznantes de la novela?

 El otro día, y a propósito de esta nueva novela, leí que Karl Krispin parafraseó a John Donne en una entrevista con Nelson Rivera: «Nadie duerme en el trayecto que conduce de la cárcel al patíbulo». Y creo que Ve a comprar cigarrillos y desaparece es, precisamente, el insomnio de un hombre que trata de aferrarse a sí mismo, de la cultura y del placer que esto le procura, para sentirse a resguardo en su interior aunque el mundo de afuera esté siendo demolido a su paso. No se trata de pesimismo sino de resistencia. Lo dice el propio Krispin en cierta forma:

 No estoy tan seguro de que el diagnóstico del estado de cosas en el mundo en Ve a comprar cigarrillos y desaparece tienda necesariamente a ser negativo. Los personajes se manejan dentro de la disyuntiva permanecer-huir, pero aun esto representa una lucha personal de afirmación que tiene por objeto no claudicar, no rendirse, sobreponerse. Nadie se plantea como fin la supervivencia que implique una conformidad. No, los personajes salen a conquistar algún destino personal como defensores de la libertad.

 ¿Pero acaso la muerte no pudiera ser, también, una forma de libertad? No estoy seguro de esto y no creo que nadie pueda estarlo. Sigo.

 Una vez pensé que mi biografía estaba en los libros leídos y Krispin me lo ha confirmado. Su personaje, Esteban, resiste con admirable estoicismo y elegancia, los horrores de quien va haciendo camino hacia el patíbulo, camino que unos pueden, como Esteban, lentificar a su antojo y hasta diferir por algún tiempo. Entretanto, aunque sabe que el destino lo alcanzará busca el refugio del amor y la libertad para asegurarse la salvación definitiva. Y, como intuye o sospecha, «el conocimiento y la literatura puedan convertirse en una de las formas de la felicidad». Krispin no anhela el pasado, sino aquellos «momentos de nostalgia» que le han deparado los libros leídos, por eso Esteban se somete al juego de la amante que el azar le ha ofrecido, entrevé que dejándose llevar por ella, a ciegas, reencontrará la sorpresa y los instantes de asombro que sus lecturas le han dejado muy dentro de sí y que nadie podrá ya confiscarle. Dice Krispin que no es descabellado pensar en la vida de un hombre por los libros que leyó. Esta sola idea es una tabla de salvación, un credo para atravesar cualquier desierto con la seguridad de que todo lo que necesita está dentro de sí, a resguardo, y disponible solo para él. ¿Y me pregunto si esos mismos libros no podrían conducirnos a la muerte como libertad suprema y como una forma de defender la felicidad que nos han dejado?

 En consecuencia, y como sea, esta novela es un gesto agradecido a la literatura:

 De allí –lo dice Krispin– el homenaje que plantea la novela a otras novelas como La montaña mágica. El ascenso a la literatura y al conocimiento aspira a la libertad como una emancipación personal (una libertad que no puede ser arrebatada, quizás esta libertad no coincida con la física, pero nos blinda de su erosión espiritual).

 En la entrevista que Rivera le hace a Krispin están las claves de Ve a comprar cigarrillos y desaparece. Claves que, no obstante, solo serán comprensibles si el lector ha experimentado la conmoción de la lectura en algún momento de su vida. Si es así, esta obra de Krispin se tornará subversiva y modeladora.

 Hay novelas que no necesitan ser explicadas sino sentidas. De hecho, suelo olvidar las tramas de las que he leído, no así el estremecimiento que ellas me han provocado; quizás por ello reposan en mi biblioteca con atenciones casi fetiches y sensibleras como si se tratara de viejos álbumes de fotografías familiares. Así, Ve a comprar cigarrillos y desaparece tiene un puesto en ese sistema de clasificación casi cursi y anímico, pero además, y me parece lo verdaderamente importante, creo que estamos frente a una de las primeras obras narrativas que da cuenta de la destrucción espiritual a la cual hemos sido sometidos como pueblo y como individuos. Y el solo hecho de la tarea es ya, de por sí, un reconocimiento del acecho de la muerte y de la imposibilidad de vencerla. Y no por ello la vida es menos en ninguna forma.

 

martes, 1 de junio de 2021

 

Notas caóticas escritas a oscuras

por Norberto José Olivar









1. En mi biblioteca advierto sobrevivientes de antiguos horrores. De allí la necesidad de acercarme a estos testigos del mal, a sus pensamientos y reconvertir sus palabras en mi propia voz. Plagiar el dolor. Necesito su compañía para escarbar en miedos ajenos y conocer el propio. Explicarme las ruinas que me rodean.

 2. Leo a Zweig. Pienso. Nos apartaron de nuestra vida anterior y del pasado. Una lobotomía ontológica de la que aún no percibimos sus daños. Imagino al doctor Walter Freeman, picahielo en mano, cortando conexiones entre el lóbulo frontal y el resto del cerebro para que viva el hombre nuevo.

De la perplejidad a lo nuevo.

3. Estuve mirando la película de Wagner de Assis, Kardec (2019), y sentí cierta empatía. Este vínculo, no sé si llamarlo así, viene de la lectura que una vez hice de El libro de los muertos. Sus primeras líneas me arrastraron enseguida: «Para las cosas nuevas se necesitan nuevas palabras». Es cierto, de lo contrario el lenguaje se hace impotente. Esto me abruma cuando busco una explicación a esta temporada maldita. Faltan palabras para poder describir lo que nos ocurre porque es inédito, al menos para nosotros, pero aun encontrando las palabras adecuadas, precisas, correctas, la insania las va subyugando hasta convertirlas en lugares comunes, hasta vaciarlas. Todo lo que la historiografía, las crónicas, la política y la criminología puedan exponer, no será suficiente sino hallamos esas palabras y las protegemos.

4. Claude Lanzmann, director de Shoah, documental de nueve horas y media sobre el exterminio judío, asegura que no importa cuánto se indague en el asunto, nunca se sabrá qué se sentía estar en medio de una multitud de cuerpos desnudos apilada en la oscuridad, aspirando Zyklon-B y oyendo el silbido de las válvulas que infectaban el aire. Para saberlo habría que volver de la muerte y traer nuevas palabras.

5. Todos sabemos lo que es el hambre, pero nadie sabrá jamás qué se siente morir de hambre, o morir porque te lancen desde la ventana del sexto piso de un edificio de policía. Captar el momento justo entre la impotencia, la resignación y la muerte. Quizás podamos imaginar que primero nos abruma la memoria y luego la nada. O solo la nada, ¿quién sabe?

La conspiración contra la especie humana

6. Thomas Ligotti tiene el don de señalar el horror cotidiano. Su metafísica pesimista nos revela que la malignidad que adjudicamos al otro también está en nosotros. No es una fuerza ajena, el monstruo lleva nuestro rostro, pero el afán de vivir felices no nos permite aceptar esta monstruosidad. El mundo sería maravilloso sino fuera por la calamitosa evolución de la consciencia, una verdadera máquina de infelicidad. Ligotti no es bueno, debió ser un mortinato para bien de todos, pero ya es tarde, escribió con nuevas palabras capaces de iluminar nuestra fealdad. Imperdonable y fascinante.

 7. La búsqueda de la felicidad no permite pensar en línea recta, a la primera contradicción se da la vuelta (pensamiento circular). De allí que la gente se haga juicios morales de sí mismos para resguardar la felicidad que ha construido sobre una contradicción. Si no lo hiciera viviría en desdicha o estaría muerta. La gente aprende a salvarse, afirma Zapffe, limitando artificialmente el contenido de su consciencia para no enfrentar el horror y las violaciones de su propia moral. Esta es la maravilla del pensamiento circular, una lobotomía a mano propia.

Llegué a Zapffe por Ligotti como habrán de imaginar.

 Maderamen nacional

8. ¿Qué fue lo que nos pasó que de pronto reinó un cierto espíritu de criminalidad colectiva? ¿Cuándo perdimos la soberanía moral, nuestra libertad interior? ¿Cuándo dimos rienda suelta a los instintos ancestrales de la sangre?

 Después de las palabras viene el tiempo.

9. He cogido por azar Estación de máscaras de Arturo Uslar Pietri. El narrador habla de años lentos, tan cambiantes que se sintieron como víspera… Víspera es una palabra extraña, aterradora, que se vacía y se llena, una y otra vez, una y otra vez. ¿Es una de esas palabras que tanto nos urge? Quizás. No lo sé.




La foto del blog pertenece a Fernando Bracho